2 Años de Vacaciones - Julio Verne
Dos Años de Vacaciones
Julio Verne
- Resumen:
Capítulo I
Una noche del 9 de marza de 1860, había una nebulosa que no dejaba ver más allá, el mar estaba furioso, un schooner (desamparado)en el mar. Y como si fuera poco ellos se encontraban en el Océano más grande de todos, el Pacífico, que tiene 2 mil leguas deanchura desde Australia y Nueva Zelandia hasta el litoral suramericano.
Pero ¿Qué le habrá pasado a la tripulación? Un buque de100 toneladas necesita, por lo menos, un Capitán, un contramaestre, 5 o 6 hombres; y de ese personal, indispensable para maniobrar, no quedaba más que un grumete, no se sabia de donde venia el yate ¿De qué paraje austrolasiano, o de qué archipiélagos de Oceanía? no se sabia pero eso no lo es todo, lo más curioso era que sólo niños había en el yate y el mayor no pasaba de 14 años cuando los demás tenían como 9, 10, 11 12 por ahí. En la popa del Sloughi, y al lado del timón, se hallaban tres muchachos, uno de 14 años, otros 2 de 13 y un grumete de raza negra, que contaba apenas 12. Los pobres niños reunían sus fuerzas para impedir que las olas cogieran al schooner por los costados, haciéndole perecer.
En esa tempestad hubo un momento en el que las olas azotaron el yate que les dio un gran susto, a lo lejos vieron 2 cabecitas y con ellos se escuchaban ladridos y luego, se deja ver el perrito diciéndole a Briant que todos estaban muy asustados, Briant le dijo a Dole que se los llevaba y que se tranquilizaran.
la tempestad arreciaba y el huracán crecía en intensidad, amenazando a cada instante hundir la embarcación, privada hacía cuarenta y 8 horas de su palo mayor, que, roto a cuatro pies de altura por encima del puente, no permitía izar ninguna vela con que auxiliar el gobierno del buque.El palo mesana se sostenía aun, pero era de temer cercano el momento en que, falto de los obenques, se cayera sobre el puente. Hacia la proa, el pequeño foque, hecho pedazos, era de tal modo agitado por el huracán, que sus sacudidas parecían detonaciones de armas de fuego. Y pues los pobres muchachos no hablan tenido la suficiente fuerza para quitar el último rizo, a fin de disminuirsu superficie. Si aquella vela se rompía, sería ya imposible que el yate hiciera frente al viento, y las olas, agarrándolo por los lados, lo hundirían de seguro, yéndose irremisiblemente a pique, y sus pasajeros desaparecerían con él en elterrible abismo. Hasta entonces, ni una isla, ni un continente se había visto al Este.
De repente, hacia la 1 de la madrugada, un ruido espantoso dominó el silbido del huracán.—¡El palo de mesana se ha roto!… —exclamó Doniphan.—No —respondió el grumete—. Es la vela, que se ha soltado de las relingas.—Es menester arrancarla —dijo Briant—. Gordon, ponte en el timón con Doniphan; y tú, Mokó, ven a ayudarme.
El negrito, siendo grumete, tenía algunas nociones de náutica, de las que no carecía tampoco Briant, por haber atravesado ya el Atlántico y el Pacífico cuando hizo el viaje de Europa a Oceanía, habiéndose familiarizado algún tanto con las maniobras. Esto explica el por qué los demás, que no sabían nada de eso, habían confiado a Briant y a Mokó el cuidado de dirigir el yate. En tales condiciones, Briant y Mokó dieron pruebas de una notable destreza. Resueltos a conservar todo el velamen posible para tener el Sloughi en posición de recibir el viento por la popa mientras durase la borrasca, consiguieron largar la driza de la verga, que cayó a cuatro o cinco pies del puente. Ya hecho esto Briant y Mokó regresaron con Gordon y Doniphan para gobernar (Controlar el yate).
La puerta de la escotilla se abrió en aquel momento por segunda vez, y dejándose ver una cara infantil. Era Santiago, hermano de Briant, con 3 años menos de edad que él.—¿Qué quieres, Santiago? —le preguntó Briant.—¡Ven… ven!… —respondió el niño—. ¡Hay agua hasta en el salón!—¡Es posible! —exclamó Briant.Y precipitándose por la escalera, la bajó casi de un salto.El salón estaba débilmente alumbrado por una lámpara, que el vaivén delbuque balanceaba con violencia. Esta luz permitía distinguir a una docena deniños tendidos en los divanes o en las camitas del Sloughi. Los más pequeños(los había de 8 y 9 años), apretados unos contra otros, estaban llenos de espanto.Pero Briant para tranquilizarlos les dijo que todo estaba bien.Briant recorrió un pasillo donde era el área de descanso de los tripulantes, hasta llegar a la habitación de donde llegaba el agua y viendo por un lado se fijo que el agua provenía de la proa, que entraba por las olas filtrándose de las rendijas. No había nada que temer de eso.
Sería como la 1 de la mañana. En aquel momento la noche era cada vez más oscura por el espesor de las nubes; la borrasca se desencadenaba con atronadora violencia, y el yate navegaba con sin igual velocidad, saludado por las gaviotas con gritos agudos que rasgaban los aires. La presencia de estas aves ¿era señal de que la tierra se hallaba cerca? No, porque se las encuentra a veces a varios centenares de leguas de la costa.Una 1 más tarde lo que quedaba de la mesana acabó de desgarrarse,esparciéndose por el espacio.—¡Ya no tenemos velas! —exclamó Doniphan—, y es imposible colocarninguna otra.—¡Qué importa! —respondió Briant —no por eso navegaremos con menosvelocidad.-Mokó dijo - ¡Cuidado una ola!.Llevándose a todos de la proa y sacándolos.—¡Mokó!… ¡Mokó! —exclamó Briant, cuando pudo hablar.—¿Se habrá caído al mar? —preguntó Doniphan.—No, pues no se lo ve… —dijo Gordon, que registraba con la vista lasaguas.—Es preciso salvarlo… Echemos una cuerda por si acaso —respondió Briant.—Y con una voz que retumbó con fuerza —gritó de nuevo:—¡Mokó!… ¡Mokó!…—¡Aquí!… ¡Aquí!… —respondió el grumete.—No está en el agua, de seguro —dijo Gordon—: su voz se oye hacia la proa. - Biant dijo - ¡Sálvenlo! -.Al ya no oír ya ningún grito el ya había pensando lo peor, pero de repente vio un cuerpo que se movía y en el cuello de grumete tenia una driza que lo ahorcaba.Viendo esto Briant, sacó su cuchillo y cortó, no sin mucho trabajo, la cuerda que molestaba al grumete.Mokó fue llevado hacia la popa y cuando tuvo bastante fuerza para hablar, dijo:—¡Gracias, señor Briant, gracias!
A eso de las 4:30, alguna luz se dejó ver efectivamente; mas pordesgracia, las nieblas limitaban el alcance de la vista a menos de un cuarto demilla. Las nubes corrían con una velocidad espantosa. El huracán no habíaperdido nada de su fuerza, y el mar desaparecía bajo la espuma de las olas alromperse. El yate, tan pronto levantado en la cima de una ola comohundido, al parecer, en el fondo del abismo, hubiera zozobrado veinte veces siel viento le hubiese cogido por los costados.Los niños ya cansados de pasar 24 horas luchando con las olas estaban enfadados.De repente se oye a Mokó decir ¡Qué alegría! ¡Tierra!... ¡Tierra!
—¿Tierra? —preguntó Briant.—Sí —replicó Mokó—, tierra al Este.—¿Estás cierto de ello? —preguntó Doniphan.—¡Sí… sí… ciertísimo!… —respondió el grumete—. Si la niebla sedespeja un poco, mirad bien allá… hacia la derecha del palo de mesana…¡Mirad… mirad!…La bruma se empezaba a desaparecer y dándose a conocer tierra.
—¡Sí, es la tierra… la tierra!… —exclamó Briant.—¡Y una tierra muy baja! —añadió Gordon, que acababa de observar conmás atención el litoral.
Para llegar a ella habían unas 5 o 6 millas. Avanzando algo el buque, pudo observarse que en 2do. término se elevaba un acantilado, cuya altura no excedería de 150 a 200 pies, y, en primer término se extendía una playa amarillenta, cerrada a la derecha por masas redondeadas que parecían pertenecer a algunos bosques del interior. Delante de la playa se desarrollaba a la vista una fila de rocas cuyas cimas negruzcas salían del agua más o menos, según la ondulación de las olas, sacudidas sin cesar por la resaca. Allí, de seguro, al primer choque el Sloughi se haría pedazos.Briant tuvo entonces el pensamiento de que más valía que todos suscompañeros estuvieran sobre el puente en el momento en que el buqueencallara, y abriendo la puerta de la escotilla, gritó:—¡Arriba todo el mundo!Enseguida el perrito salió y los demás niños. A eso de las 6 de la mañana llegaban a tierra.Diciendo Briant ¡Agárrense, agárrense!Sintiose una violenta sacudida; de repente el Sloughi dio un golpecon la popa, y aunque su casco es resintió algo, el agua no penetró en él.Levantado por una segunda ola, fue despedido a unos 50 pies hacia adelante sin tocar a las rocas, cuyas puntas sobresalían por todos lados. Luego se inclinó a babor y quedó inmóvil en medio del hervor de las aguas. Si no estaba ya en alta mar, le faltaba aun un cuarto de milla para llegar ala playa.
Capítulo II
Todos los niños estaban muy asustados porque al levantarse una ola por encima de ellos quedaban llenos de espuma. Briant y Gordon bajaron a los camarotes para revisar que el agua no se estuviera entrando, cuando les fue posible tranquilizaron a los niños, y Briant les dijo: -No se preocupen la playa no está muy lejos. Hay que esperar.Doniphan decía -¿Y por qué esperar?-.Si: ¿Por qué? dijo un niño de 12 años llamado Wilcox.Porque está muy revuelto el mar -respondió Briant-.
Ellos tenían que esperar para poder llegar a la playa, que les faltaba como 1/4 de milla del schooner a la playa.
Como ya se había dicho Briant ya tenia algunos conocimientos de navegación pero Doniphan y otros 2 o 3 que no se hallaban con ánimos de seguirlo, se agruparon hacia la proa, hablando en voz baja, y se comprendía claramente que Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, no estaban dispuestos a entenderse con Briant. Doniphan, especialmente, no pensaba someterse, porque se creía superior a todos sus compañeros en instrucción e inteligencia. Esta rivalidad entre ellos ya era hace bastantes tiempos y por eso Doniphan, Wilcox, Webb y Cross al darse cuenta que la baja marea era muy peligrosa echaron por vencida su travesía y fueron con los demás.
Briant decía en aquel momento a Gordon y a algunos de los que le rodeaban:—¡No nos separemos!… ¡Unámonos todos, o somos perdidos!…—¡No pretenderás imponernos la ley! —exclamó Doniphan que le oyó.—Nada pretendo —respondió Briant—, sino que es preciso que obremos con perfecto concierto para la salvación de todos.—Briant tiene razón —añadió Gordon, muchacho frío y serio que no hablaba jamás sin reflexionar.—¡Sí!… ¡Sí!… —exclamaron algunos de los pequeños, a quienes un secreto instinto impulsaba a confiar en Briant.
Doniphan no replicó, pero sus compañeros y él persistieron en quedarse apartados de los demás, esperando la hora de proceder al salvamento.En tierra no se miraba humo o resto alguno de personas. -¿Qué sería de los niños si el bote al llegar a costa no se podría poner en flote?- Ellos solo pensaban el llegar a tierra a salvo.
Eran cerca de las 7. Cada cual se ocupó en subir sobre el puente los objetos de primera necesidad, dejando lo demás para cuando el mar los empujase hacia la costa. Pequeños y grandes trabajaron todos con duro; y como a bordo había bastante provisión de conservas, galleta y carnes, hicieron paquetes destinados a ser repartidos entre los mayores, quienes lo transportarían a tierra.
De repente se oyeron algunas exclamaciones hacia la proa; Baxter acababa de hallar una cosa que no carecía de importancia.Una canoa que creían perdida se encontraba escondida entre el cordaje del bauprés. Aquella canoa no podía llevar más que 5 o 6 personas; pero como estaba intacta, sería posible utilizarla en el caso en que no fuese dable pasar a pie seco.Este último, Wilcox, Webb y Cross, después de apoderarse de la canoa, preparábanse a lanzarla al mar, cuando Briant llegó a su lado.—¿Qué vais a hacer? —preguntó.—¡Lo que nos convenga! —respondió Wilcox.—¿Vais a embarcaros en esa canoa?—Sí —replicó Doniphan—, y no serás tú quien nos lo impida.—Te equivocas —repuso Briant—, no sólo te lo impediré, sino que me ayudarán a estorbártelo los compañeros a quienes quieres abandonar.—¡Abandonar!… dices. ¿Cómo lo sabes? —respondió Doniphan con arrogancia—. Yo no quiero abandonar a nadie, ¿lo oyes? Mi plan es que tan luego como uno de nosotros llegue a la playa, vuelva con la canoa.—¿Y si no puede volver? —exclamó Briant conteniéndose con trabajo—.¿Y si se hace pedazos en las rocas?…—¡Embarquémonos!… ¡Embarquémonos!… —respondió Webb rechazando a Briant.—¡No, no embarcaréis! —repitió Briant muy decidido a resistir enbeneficio del común interés. La canoa debe reservarse para los más pequeños,por si acontece que en la baja mar queda demasiada agua y no puedan llegar ala playa.
La marea había bajado dos pies durante la disputa, y ya calmados losánimos, surgió entre nuestros marineros la duda de si existiría algún canalentre las rocas, cosa que sería muy útil conocer.Briant poniéndose en el palo de mesana para poder visualizar las rocas, Briant se dio cuenta que no era posible aún la llegada a tierra.En eso Gordon preguntó:—¿No eran las 6 de la mañana cuando encalló el Sloughi?—Sí —respondió Briant.—¿Y cuánto tiempo se necesita para que baje la marea?—Me parece que c5 horas. ¿No es así, Mokó?—Sí, de 5 a 6 horas —respondió el grumete.—¿De modo que a las 11 será el momento favorable para llegar a la costa?—Así lo he calculado —replicó Briant.—Pues bien —prosiguió Gordon—, preparémonos y tomemos algún alimento. Si nos vemos obligados a echarnos al agua, que sea a lo menos algunas horas después de haber comido.
A todos le agradaba tan humilde muchacho, así que de inmediato hicieron el desayuno y Briant se puso a cuidar a unos niños Jenkins, Iverson, Dole y Costar,quienes, con el carácter propio de su poca edad, empezaban a tranquilizarse, y comieron sin tasa, pues tenían mucha hambre, en atención a que no habían tomado casi ningún alimento en 24 horas; y para que no les hiciese daño la comida, Briant les dio un poco de aguardiente con agua para ayudar la digestión.Hecho esto, dejó a los pequeños y se fue a proa, poniéndose a observar los arrecifes.Mokó, echando una sonda, reconoció que había aun unos 8 pies de agua encima del banco. ¿Podían esperar que la marea baja lo dejara completamente seco? No lo creía así Mokó, y manifestó su parecer a Briant en voz baja, para no asustar a nadie. Este último fue a hablar con Gordon respecto al particular: ambos comprendían sobradamente que el viento, si bien con tendencia a cambiar al Norte, impedía al mar que bajase tanto como en tiempo de calma.
Gordon y Briant se pusieron a pensar en distintas maneras para llegar a costa porque el yate se haría pedazos si la marea no bajaba.
—¿No sería posible construir una especie de balsa para ir y venir?- Dijo Gordon.—He pensado en ello —respondió Briant—, mas, por desgracia, los materiales faltan. Nos queda la canoa, de la que no podemos servirnos, porque el mar está muy fuerte. Lo que puede hacerse es llevar un cable a través de los arrecifes y amarrarle a la punta de una roca; tal vez por ese medio fuera posible llegar cerca de la playa.—¿Quién llevará el cable?—Yo —respondió Briant.—¡Y yo te ayudaré!… —dijo Gordon.—¡No, yo solo! —replicó Briant.—Sírvete de la canoa.—Podría inutilizarse, Gordon; vale más conservarla como último recurso.Como había a bordo unos cinturones de salvamento obligó a los niños a ponérselos, por si en algún momento llegaran a tener que salir del yate. Mientras los mayores tendrían que sostenerse del cable.
Eran las 10:15. Antes de 45 min. la marea alcanzaría su mayor descenso. Ya no quedaban sino 4 o 5 pies de agua; pero parecía que no bajaría más que algunas pulgadas. Es verdad que a unas sesenta yardas se veía el fondo, y se comprendía que seguía su lenta retirada, porque se iban descubriendo también muchas puntas de rocas a lo largo de la playa. La dificultad consistía en franquear la profundidad del agua que había en los contornos del buque.Briant tenia que tensar el cable y asegurándose de que los cargamentos no se echarían a perder al llegar a tierra, puso en marcha sus disposiciones.
Había a bordo varios cables de 100 pies de largo, de esos que sirven para remolcar. Briant escogió uno de un grueso mediano, que le pareció conveniente, y rodeó la extremidad a su cintura después de desnudarse.—¡Vamos, vosotros —exclamó Gordon—, venid aquí para que podamos soltar entre todos la maroma! ¡Venid a proa!Doniphan, Wilcox, Cross y Webb no podían rehusar su concurso para una operación cuya importancia comprendían. Así es que se pusieron a desliar el cable para soltarle poco a poco, a fin de no amenguar las fuerzas de Briant.En el momento en que éste iba a tirarse al mar, se le acercó Santiago, exclamando:—¡Hermano mío!… ¡Hermano mío!…—No tengas cuidado por mí, hermanito, no tengas miedo —respondió Briant.Y un instante después se le veía en la superficie del agua, nadando con vigor mientras que el cable se desenrollaba detrás de él.
Sin embargo, Briant ganaba poco a poco terreno, mientras que sus compañeros soltaban la maroma a medida que la necesitaba; pero se notaba que, a pesar de no hallarse más que a una distancia de 50 pies del yate, las fuerzas del pobre muchacho principiaban a agotarse. Delante de él se agitaba una especie de remolino producido por el encuentro de dos olas contrarias. Si llegaba a bordearle, era fácil que consiguiera su objeto, pues más allá estaba el mar en calma; así es que procuró, haciendo un violento esfuerzo, dirigirse hacia la izquierda; pero su tentativa debía ser infructuosa, en atención a que un hábil nadador, con todo el vigor de su edad, no lo hubiese conseguido tampoco.
—¡Socorro!… ¡Tirad!… ¡Tirad y pronto de la cuerda!… —pudo gritar antes de desaparecer.A bordo del yate el espanto llegó a su colmo.—¡Tirad!… —mandó Gordon con ímpetu, aunque con gran serenidad.En menos de 1 min., el pobre muchacho se encontraba encima del puente sin conocimiento, en brazos de su hermano y rodeado por todos; pero no tardó en volver.
Eran ya más de las 12. La marea alta había empezado, y la resaca crecía. La luna era nueva y por consiguiente las olas iban a ser más fuertes que la víspera; así es que, por poco que soplara el viento, la goleta corría el peligro de destrozarse si las aguas agitadas la levantaban y la dejaban caer sobre los arrecifes.Nadie, seguramente, sobreviviría a tan funesto desenlace. ¡Y nada se podía hacer para impedirlo!. Todos miraban como la marea subía lentamente.
Un poco antes de las 2 el schooner, influido por la marea, no se apoyaba ya sobre la banda de babor; pero a consecuencia del vaivén, la proa chocabacon el fondo, mientras que la popa estaba aun sostenida entre dos rocas.Pronto los golpes redoblaron, y el Sloughi caía tan pronto hacia babor como hacia estribor, teniendo los niños que sostenerse unos con otros para no ser arrojados al mar.En menos de 1 min., y en medio de aquella masa enorme de agua, el Sloughi, llevado hasta la mitad de la playa, chocó contra un montón de arena a 200 pasos de los primeros árboles, agrupados al pie del acantilado, y se quedó inmóvil, pero en tierra firme esta vez, mientras que el mar, retirándose, dejaba la playa enteramente enjuta.
Capítulo III
En aquella época, el colegio Chairmán era uno de los de más fama de la ciudad de Auckland, capital de Nueva Zelandia, importante colonia inglesa en el Pacífico. Este colegio era uno de los mejores donde se daba la misma educación que en Inglaterra, reconocido por sus buenos alumnos muy bien educados.Una tarde de verano de salida para sus vacaciones unos muchachos iban disfrutando su libertad ya que en el colegio se les permitía leer novelas o periódicos; donde el castigo era físico, el tiempo de estudio era corto, tenían habitaciones separadas por 5 grados el primero era de esos muchachitos que todavía se despiden con un beso en la mejilla de sus padres, el de tercer era los que se despedían de sus padres con un apretón de manos como hombres.
En el colegio estudiaban centenar de alumnos, su familia pertenecían a las más principales del país, mientras que los indígenas del archipiélago estudiaban en escuelas donde también eran educados pero de distinta manera. El colegio tenia estudiantes de Alemania, Inglaterra, Francia y América.
El archipiélago de Nueva Zelandia está compuesta por 2 islas principales; al norte se encuentra Ika-Na-Mawi (Isla Pescado), al sur se encuentra Twai-Ponamou (Tierra del Jade-Vet), las cuales están separadas por el estrecho de Cook, que se encuentra en el trigésimo cuarto y cuadragésimo quinto paralelo Sur; posición en la que se encuentra el boreal la parte de Europa que comprende desde Francia hasta el Estrecho de Gibraltar y el Norte de África.
Está el Comercial-piers, en el cual desemboca Queen´s-street, una de las calles principales de la ciudad. En medio de esa calle se encuentra el colegio Chairmán.
La tarde del 15 de Febrero de 1860 salían muchos muchachos del colegio, acompañados de sus padres, salían tan feliz caminando.Era el principio de las vacaciones. ¡2 meses de independencia y de libertad, con la circunstancia de que para cierto número de ellos existía además la perspectiva de un viaje marítimo, del que se hablaba hacía tiempo en el colegio!.
No sería bueno decir la envidia que había en aquella circunnavegación que debía verificarse a bordo del Sloughi para visitar las costas de la NuevaZelandia.
El bonito schooner pertenecía al padre de uno de ellos, Ms William H. Garnett, antiguo capitán de la marina mercante, en quien se podía tener entera confianza, había sido fletado y dispuesto para un período de 6 semanas. Esta gran aventura tenía a los muchachos muy alegres y en verdad que no pudo excogitarse mejor medio de dar conveniente empleo a aquellas 6 semanas, si se mira bajo el punto de vista de la salud, del esparcimiento, de la instrucción y de la moralidad de aquellos jóvenes.
Los alumnos antiguos se encargan de proteger a los de nuevo ingreso, a cambio les tienen que dar ciertos servicios como llevarles el desayuno, a cepillarles los vestidos, limpiarles el calzado y hacerles algunos recados. Son conocidos como faggisme y los que prestan sus servicios se llaman fags. Es costumbre, y se observa religiosamente, sin que nadie piense en protestar.
Los jóvenes que debían formar parte en la expedición del Sloughi eran alumnos del colegio Chairmán. Ya hemos visto que a bordo de la goleta los había desde 8 a 14 años, y por consiguiente que pertenecían a varias divisiones del colegio.Es preciso conocer las características de los jóvenes y también ya sabemos las relaciones que existían entre aquellos muchachos en el establecimiento que acaban dejar por las vacaciones.Exceptuando a los 2 hermanos Briant, de nacionalidad francesa; Gordon, de nacionalidad americana; y los demás eran ingleses.
Doniphan y Croos: eran de una rica familia los cuales ocupaban el primer lugar en la sociedad de Nueva Zelandia. Ambos tienen 13 años y algunos meses son primos, forman parte de la 5ta. división.Doniphan: era un chico muy elegante, cuidadoso de su persona, no tiene contradicción, el más distinguido, inteligente, estudioso. Por todo esas características le apodaron "lord Doniphan" y su carácter altivo le determinaba a querer dominar en donde quiera que fuese, desde está situación procede tal rivalidad con Briant y la influencia que tenia sobre sus compañeros.Cross: era un alumno normal lleno de admiración por todo lo que hace, piensa y dice su primo Doniphan.
Webb y Wilcox: tienen 12 años y medio, pertenecen a la 4ta. división. De inteligencia menos que mediana, voluntariosos y amigos de querellas, se han mostrado siempre muy exigentes en la observancia de las prácticas del faggisme. Sus familias son ricas y ocupan un puesto elevado en la magistratura del país.
Garnett y Service: son de la 3ra. división de 12 años, uno es hijo de un capitán de marina retirado, y el otro de un colono acomodado, que habitan el North Shore, en la costa septentrional de Waitemala. Las 2 familias se profesan una profunda amistad, de esa intimidad resulta que Garnett y Service se han hecho inseparables. Tienen muy buen corazón, pero poco afán por el trabajo, no pensando más que en divertirse.Garnett: es apasionado por el acordeón, y como buen hijo de marino, toca dicho instrumento siempre que puede, y ha tenido buen cuidado de llevarlo a bordo.Service: es el más alegre y travieso de todos; no sueña sino con aventuras de viajes, alimentando su espíritu con el Robinsón Crusoé y el Robinsón Suizo, que sabe casi de memoria.
2 muchachos de 9 años Jeckins e Iverson: aunque no pertenecen aun más que a la segunda y tercera división, se les considera ya en el colegio como de los más aplicados.Jeckins: es el hijo del director de la Sociedad científica la New-Zealand-Royal Society.Iverson: heredero del pastor de la iglesia metropolitana de San Pablo.
Dole y Costar: tienen 8 años, son hijos de oficiales del ejército anglo-zelandés, que habitan la ciudad de Ouchunga, a seis millas de Auckland, en el litoral del puerto de Manukau. Son de los pequeños, de quienes no se dice nada más sino que Dole es muy terco y Costar muy goloso. Si no brillan en la primera división, creen estar muy adelantados porque saben leer y escribir, cosa de la que no debían envanecerse, por no ser raro a su edad.
Nuestros valientes marinos pertenecían todos a dignas familias, establecidas desde mucho tiempo en Nueva Zelandia.
Gordon, el americano: tiene 14 años, su cara y su porte llevan ya el sello de la rigidez de los yankées. Aunque algo torpe y pesado, es el más grave de los alumnos de la quinta división. Si no tiene el brillo de su compañero Doniphan posee, en cambio, un espíritu justo y un buen sentido práctico, del que ha dado muchas pruebas. Siendo de un carácter observador y de untemperamento frío le gustan las cosas serias. Metódico por demás, arregla lasideas en su cerebro como los objetos en su pupitre, en el que todo está clasificado con etiquetas y anotado en un cuaderno especial. En suma; sus compañeros le estiman, aprecian sus cualidades, y, aunque no es inglés, se le acoge siempre bien.Es de Boston; huérfano de padre y madre, no tiene más parientes que su tutor, antiguo agente consular que, después de haber hecho fortuna, fijó su residencia en Nueva Zelandia, habitando en una de esas lindas villas esparcidas en las alturas, cerca del pueblecillo de Moun-San-John.
Briant y su hermano Santiego son franceses: son hijos de un distinguido ingeniero llegado hacía dos años y medio para dirigir los trabajos de desecación de los pantanos de Ika-Na-Mawi. Briant: tiene 13 años es poco amante del estudio, aunque muy inteligente; le sucede muchas veces ser uno de los últimos de la división. Sin embargo, cuando quiere, con su facilidad de asimilación y su notable memoria, se eleva al primer rango, con lo que excita la envidia de Doniphan, siendo éste el motivo de que no están nunca en buena inteligencia, como lo hemos visto ya a bordo del Sloughi. Además, Briant es audaz, emprendedor, diestro en los ejercicios corporales, vivo en las contestaciones, servicial, buen muchacho, no teniendo nada del orgullo deDoniphan, y algo descuidado de su persona; en una palabra, muy francés, y por tanto muy diferente de sus compañeros, de origen inglés. Además el siempre protegía a los más pequeños de ahí viene la confianza que sentían en él.
Santiago: había sido considerado hasta entonces como el más travieso de la tercera división, ya que no del colegio entero, sin exceptuar a Service, que lo era mucho también. Inventaba siempre nuevas diabluras, no dejando en paz aninguno de sus compañeros, y originándose de eso que la castigasen con muchísima frecuencia; pero, a pesar de todo esto, su carácter, como tendremos ocasión de notarlo, se había modificado en absoluto, sin sabor por qué, desde la salida del yate del puerto de Auckland.
La tripulación en el yate se componía de un contramaestre y 6 marineros, 1 cocinero y un grumete, Mokó, negrito de 12 años de edad, y cuya familia servía desde hacía mucho tiempo a un colono de Nueva Zelandia. Tenemos también un hermoso perro de caza, Phann, de raza americana, que pertenecía a Gordon y que no dejaba nunca a su amo.
El viaje había sido fijado para el 15 de Febrero, mientras tanto, el Sloughi quedó amarrado por la popa a la extremidad del Commemal-pier, y, por consiguiente, bien dentro del puerto.
La noche del 14 los jóvenes pasajeros fueron a embarcarse, la tripulación no estaba a bordo. El capitán Garnett tenía que llegar hasta el momento de ida. Sólo el grumete y el contramaestre revieron a Gorson y sus amigo a bordo, ya que los marineros estaban tomando su copita de wisky.
El grumete se quedó dormido, después de eso no se sabe que pasó.Lo cierto es que el amarre del yate se desató, bien por descuido o por malevolencia, sin que a bordo lo notaran.La noche estaba bastante oscura y las tinieblas envolvían el puerto y el golfo de Hauraki. El viento era muy fuerte y el schooner, fue cogido por la corriente y llevado a alta mar.
Cuando el grumete despertó, el Sloughi andaba mecido por las olas, el movimiento era obviamente de las aguas del puerto.
Gritaban el grumete, Gordon, Doniphan, Briant y otros que saltaron de la cama. De nada sirvió esto porque ni se veía el pueto mucho menos sus luces.
En el primer momento Briant dio la idea de colocar una vela en una bordada; pero para ellos era demasiado pesada y no pusieron colocarla correctamente.
El Sloughi dobló el cabo Colville, atravesó el estrecho que lo separa de laisla de la Grande Barriere, y se halló pronto a varias millas de Nueva Zelandia.
Horas tendrían que pasar para que un buque los llegara a ver.
Mokó se apresuró a izar en la punta del palo de mesana, hasta el amanecer. Los niños no se habían despertado, ya que se habían puesto de acuerdo los mayores de no despertar a los más pequeños porque se asustarían mucho.
En un momento vieron una luz acercándose a lo lejos a eso de 3 millas. La luz era blanca, colocada a un costado de un mástil, distintivo de los steamers. Dicho steamer se dirigía en línea recta sobre el yate. Todos gritaron en vano, ya que no los escucharon, y lo único que hizo fue que llevaran el palo de la mesana. El golpe no fue muy fuerte y los steamers ni lo escucharon.
Briant, desplegando una energía superior a su edad, empezó a tomar ascendiente sobre sus compañeros; ascendiente que sufrió Doniphan como los demás.
Tan luego como en Auckland notaron en la noche del 14 al 15 de febrero la desaparición del Sloughi, se avisó al capitán Garnett y a los parientes de aquellos desgraciados niños, siendo inútil describir el efecto que tal noticia produjo en la ciudad, en donde fue general la consternación.
El comandante del puerto tomó sus medidas para socorrer el yate, haciendo que 2 vaporcitos salieran a recorrer muchas millas hacia fuera. Las familias estaban heridas del catástrofe; en el choque los restos aún se podía leer 3 o 4 letras del Sloughi. La perdida era segura y el yate se había sumergido 12 millas de Nueva Zelandia.
Capitulo IV
Casi media hora después de haber estado el yate en la arena; debajo de todos los árboles, al pie del acantilado y a las orillas del río, no se divisaba ninguna señal de vida.
—Ya estamos en tierra ¡Esto es algo! —dijo Gordon—. Pero ¿Qué tierra es ésta, que parece no estar habitada?…
Briant y Gordon empezaron a discutir sobre si era inhabitada la isla o no, pero ambos tenían que bajar del yate para poder quitarse esa duda. Briant lo que más le preocupaba las municiones, ya que solo les alcanzaría para unos cuantos días.
Ambos ya estando en la sombra de los árboles, se dieron cuenta que el bosque era completamente virgen (ningún ser humano había descubierto el bosque).En 10 minutos ya habían atravesado el bosque, era bastante espeso y no se observaba ninguna ruta o camino.Tristemente no pudieron encontrar ninguna gruta un poco lejos para poder resguardarse [lo cual en aquel momento para los jóvenes navegantes sería lo mejor]. Briant ya había visto unas rocas las cuales les podría servir.
Durante media hora, bajaron hacia el Sur siguiendo las rocas, donde se toparon con el río; que de un lado era hermoso con los árboles frondosos, en cambio el otro era un pantano seco escondido entre las rocas. Briant y Gordon no pudieron subir más para buscar un país o un lugar en donde podrían quedarse (para mientras).
Doniphan y algunos otros iban y venían sobre las rocas de la playa, mientras Jenkins, Iverson, Dole y Costar se entretenían en buscar conchas.
Convinieron no abandonar la embarcación hasta que investigaciones más detenidas y extensas les proporcionaran conveniente albergue; pues la goleta, si bien tenía algún desperfecto en la cala y se hallaba inclinada hacia babor, podía servir de vivienda interina en el sitio mismo en que había encallado, y si el puente se había abierto hacia proa encima del puesto de la tripulación, el salón y los camarotes ofrecían suficiente abrigo en caso de tormenta. La cocina no había experimentado la más mínima alteración, con gran alegría de los pequeñuelos, a quienes la cuestión de las comidas interesaba en alto grado.Quedarse provisionalmente a bordo, y convencidos de ello, tomaron sus disposiciones al efecto, siendo la primera la de colocar a estribor una escala de cuerdas que les facilitase la bajada a la playa.
Mokó, quien entendía un poco de la cocina, ayudaba a Service, a quien le gustaba guisar, se ocupó de preparar la comida de todos; sirvió para amortiguar en todos el gran apetito que tenían, y Jenkins, Iverson, Dole y Costar se jugaron con alegría los juegos de su edad.
Santiago -Hermano de Briant- estaba triste y eso era muy raro de él, ya que ere el diablillo del colegio. Semejante cambio los dejó boquiabiertos a todos por la gran seriedad y madurez que agarró estando a bordo del Sloughi; pero el cada vez más callado, no respondía las preguntas de sus compañeros.
En fin, cansados de tantos días y tantas noches pasadas en medio de los mil peligros de la tormenta.Briant, Gordon y Doniphan velaron algunas horas cada uno, por temor a las fieras; pero la noche pasó sin ninguna alarma, y cuando salió el sol, después de una oración a Dios en acción de gracias, se ocuparon de las faenas que exigían las circunstancias, ya más que en dormir.
El alimento no duraría por lo menos 2 meses (si bien va), y lo que tenían era solo: la galleta, que tenían en cantidad considerable, había varias conservas de legumbres, jamones, empanadas de carne, compuestas de harina de primera calidad, picadillo de cerdo y especias, cornbeef, salazones y otros víveres y sustancias alimenticias.
Entre todos se pusieron de acuerdo en como se iba a recolectar el alimento para todos; los más pequeños iban a pescar, Gordon iba a realizar el inventario del Sloughi, Briant ayudaba a que todo estuviera en orden y que todos se encontraran bien.
Mokó [el grumete], a quien se le tenia confianza, era un joven servicial, diestro y valeroso, quien estaba llamado a prestar grandes servicios a todos los náufragos. Asimismo muy apegado a Briant, quien no ocultaba la simpatía que le tenia; esa misma hubiera avergonzado a sus compañeros anglosajones.
—Vamos —dijo Jenkins.—¿No vas con ellos, Santiago? —preguntó Briant a su hermanito.Santiago respondió negativamente.
Jenkins, Dole, Costar e Iverson, bajo la tutela de Mokó, partieron hacia los arrecifes, que el mar acababa de abandonar, esperando encontrar en la hendidura de las piedras una buena cosecha de mariscos, especialmente ostras y cangrejos, que, crudos o cocidos, serían un componente agradable y nutritivo del almuerzo.
Desde el momento en que los pequeños se alejaron, los mayores emprendieron la tarea del inventario. Por una parte, Doniphan, Cross, Wilcox y Webb hicieron el censo de las armas, de las municiones, de las ropas, de los objetos de cama y demás utensilios de a bordo; por otra parte, Briant, Garnett, Baxter y Service inventariaron los vinos, cerveza, brandy, wisky y demás bebidas encerradas en el fondo de la cala, en barriles de 10 a 40 galeones cada 1.
Gordon tomaba nota de todo ello en una libreta de bolsillo. Él ya poseía un estado completo del material a bordo. Si bien, el yate se encontrara para poder navegar, hubieran buscado un puerto mejor y los materiales los cuales servían para el buque, los pudieran utilizar para la pesca.
En cuanto a las armas, la nota que Gordon escribió en su libreta: 8 escopetas de percusión central, utilizables para caza, y una 12 de revólver; las municiones se componían de 300 cartuchos para las armas que se cargaban por la culata, 2 toneles de pólvora, de 25 lbs. cada 1, y bastante cantidad de plomo en perdigones y en balas. Estas municiones, embarcadas con el fin de proporcionar el recreo de la caza a los expedicionarios durante las paradas del Sloughi en las costas de Nueva Zelandia.
Los objetos de tocador eran más que suficientes para la necesidad de todos, o si bien se podrían sustentar con algo de la isla. Las ropas de franela, o de paño, de algodón o de hilo, figurasen en gran cantidad para mudarse, según las exigencias del clima, pues si aquella tierra se encontraba en la misma latitud que Nueva Zelandia, cosa probable, puesto que desde su partida de Auckland el schooner había ido siempre empujado por los vientos de Oeste, había que esperar temperaturas extremas; fuertes calores y grandes fríos, respectivamente, según las estaciones. Además, se encontraron en las maletas de la tripulación pantalones, blusas, capotes de hule y almillas de lana, que sería fácil arreglar para los pequeños, abrigándolos bien, a fin de que soportasen con menos riesgo los rigores de la estación invernal.
Gordon anotó también en su cartera, en el capítulo de instrumentos de a bordo: 2 barómetros androides, 1 termómetro centígrado de espíritu de vino, 2 relojes marinos, varias trompas o bocinas de cobre de las que sirven en las noches de nieblas, y que se oyen a gran distancia, 3 catalejos, una brújula con su cubierta y otras 2 más pequeñas un storn-glace, indicando la proximidad de las tormentas, y, en fin, varias banderas del Reino Unido, sin contar otras más pequeñas para signos de inteligencia entre 2 buques. Había también 1 halkettsbouts, pequeña canoa de cautchuc que se dobla como una maleta y sirve para atravesar un río o un lago.El cofre del carpintero encerraba un surtido bastante completo de herramientas, herrajes y clavos para las ligeras reparaciones que hubiese necesitado el yate.
Los botones, hilos y agujas no faltaban tampoco, en previsión de la rotura de los vestidos, pues las pobres madres de los desgraciados niños habían pensado en todo lo que pudiera ocurrir a aquellos pedazos de sus entrañas.
Tenían también gran provisión de fósforos, mechas de yesca, eslabones, y no debían temer, por consiguiente, la falta de fuego.
A bordo se hallaban varios mapas especiales del archipiélago neo-zelandés, inútil para estos parajes desconocidos; pero afortunadamente Gordon había llevado consigo un atlas general de Stieler, comprensivo del Antiguo y del Nuevo Mundo, siendo este atlas lo mejor y lo más perfecto de la geografía moderna.
La biblioteca del yate contenía cierto número de buenas obras inglesas y francesas, historias de viajes y libros científicos, sin contar los famosos Robinsones que Service, aun con gran riesgo suyo hubiera salvado de todo peligro, como Camoens salvó sus Lusiadas; lo mismo que hubiese hechoGarnett con su famoso acordeón, sacado sano y salvo de los choques del buque.
Y, no les faltaba nada para escribir; plumas, lápices, tinta, papel, y también 1 calendario del año 1860, en el que Baxter fue encargado de borrar los días a medida que pasaban.
Ese día era 10 de marza -dijo Baxter- lo cual significaba que ya hacía 34 días que estaban naufragando en los mares.
Hallaron también una suma de 500 lbs. en oro en la caja del yate. ¡Quién sabe si ese dinero serviría para que los náufragos, encontrando algún puerto, pudieran volver a su patria!.
Gordon se ocupó en contar minuciosamente los barriles que estaban en la bodega. En suma; la cala encerraba 100 galeones de clarete y de sherry, 50 de gin, de brandy y de wisky, y 50 toneles de cerveza, de 25 galeones cada q; además, unos 30 frascos de diversos licores que encerrados en sus envoltorios de paja, habían podido resistir el choque contra los arrecifes.
Como se ve, los 15 náufragos del Sloughi tenían asegurada la vida material durante cierto tiempo; pero lo incierto del porvenir les obligaba a examinar aquella para saber si podía proporcionar algunos recursos que les permitiera reservar las provisiones que tenían; porque si aquel país estaba desierto, no era probable salir de él como no fuera con el auxilio de algún navío que viniese por aquellos parajes y que ellos pudiesen hacerle señales que indicasen su presencia. Reparar el buque, no había que pensar en ello; esto exigía un trabajo superior a sus fuerzas, careciendo además de las herramientas necesarias al efecto.
A las 12, los pequeños, guiados por Mokó, volvieron a bordo. Traían una buena provisión de moluscos, que el grumete se puso a preparar. En cuanto a huevos, debía haberlos en gran cantidad, pues Mokó había visto muchas palomas que anidaban en los huecos del acantilado.
—Está bien —dijo Briant—, uno de estos días organizaremos una cacería, que puede dar buena cosecha de aves.—Seguramente que sí —respondió Mokó—, 3 o 4 tiros nos darán pichones por docenas. En cuanto a los nidos, atándose cualquiera con una cuerda, no sería difícil apoderarse de ellos.—Convenido —dijo Gordon—; mientras tanto, si Doniphan quiere cazar mañana…—Me conviene —replicó éste—, Webb, Cross y Wilcox vendrán conmigo.—Con mucho gusto —respondieron los tres muchachos, encantados de poder tirar a aquellos millares de volátiles.—Sin embargo —observó Briant—, recomiendo que no maten demasiados pichones; cuando nos hagan falta ya sabremos buscarlos. Importa mucho no desperdiciar el plomo y la pólvora…—¡Bueno… bueno!… —respondió Doniphan, poco amigo de observaciones, y sobre todo si éstas venían de parte de Briant—. No es la 1° vez que cazo, y no necesito consejos.
1 hora más tarde, Mokó avisó que el almuerzo estaba preparado, y todos se apresuraron a subir a bordo del schooner para sentarse en el comedor, en el que, a consecuencia de la inclinación del yate, la masa estaba algo pendiente hacia babor; pero esto no era un gran inconveniente para niños acostumbrados al vaivén del buque. Los mariscos, y en particular las almejas, fueron declarados excelentes, aunque su preparación dejaba mucho que desear.
La tarde se empleó en diversos trabajos de mudanza de la cala y en escoger los objetos inventariados. Durante este tiempo, Jenkins y sus compañeritos se ocuparon en pescar en el río, en donde hormigueaban una infinidad de peces de diversas clases. Luego, después de cenar, todos se fueron a descansar, menos Baxter y Wilcox, que estaban de guardia hasta el amanecer.
Y pasó la 1° noche, en aquella isla desconocida, al parecer inhabitada en el Océano Pacífico.
A final de cuentas: estos muchachos no carecían de ningún recurso para ser un náufrago perdido en los parajes desiertos. Otros hombres como de ingenio o industrioso hubiera salido adelante; pero ellos, siendo el mayor de 14 hermosas primaveras, y la pregunta sería: si estuviesen condenados a vivir bastantes años en esas condiciones, ¿Llegarían a solventar las necesidades se s existencia?.
Esto se presentaba , muy dudoso de los jóvenes náufragos.
Capítulo V
Reseña
Lo que a mi me ha dejado de enseñanza éste libro es que, a pesar de todo, en las peores situaciones que nos encontremos siempre hay que estar preparados para lo que pueda venir y nunca perder la esperanza, ya que sin ella no podríamos realizar las cosas en las peores situaciones. Un ejemplo bastante claro es en la situación en la que se encuentra hoy en día el mundo, muchas personas ya han perdido la esperanza y la fe; a mi parecer eso no nos debería faltar, ni siquiera en las peores circunstancias, porque como bien dice aquel dicho "Las cosas pasan por algo" y es cierto; lo que está pasando en el mundo a unos les está afectando bastante pero a otros les a ayudado a poder resolver distintos conflictos, pensar con claridad, relajarse, pasar tiempo con sus seres queridos...
El tiempo pasa y con él la vida, las personas y la verdad es que todo.Pero si nos pusiéramos a pensar en todo lo que podemos aprender y hacer, tenemos tiempo para eso y también para ponerse a pensar: ¿Será que nosotros haríamos eso en caso de que eso pasara? Dios no lo quiera, ¿Sabríamos que hacer?, ¿Estaríamos solo? y como esas, muchas más.
Pero en fin, te dejo en que pensar ¿Si te encontraras en circunstancias así, actuarías igual?
Reseña del capítulo I - IV
la tempestad arreciaba y el huracán crecía en intensidad, amenazando a cada instante hundir la embarcación, privada hacía cuarenta y 8 horas de su palo mayor, que, roto a cuatro pies de altura por encima del puente, no permitía izar ninguna vela con que auxiliar el gobierno del buque.
El palo mesana se sostenía aun, pero era de temer cercano el momento en que, falto de los obenques, se cayera sobre el puente. Hacia la proa, el pequeño foque, hecho pedazos, era de tal modo agitado por el huracán, que sus sacudidas parecían detonaciones de armas de fuego. Y pues los pobres muchachos no hablan tenido la suficiente fuerza para quitar el último rizo, a fin de disminuir
su superficie. Si aquella vela se rompía, sería ya imposible que el yate hiciera frente al viento, y las olas, agarrándolo por los lados, lo hundirían de seguro, yéndose irremisiblemente a pique, y sus pasajeros desaparecerían con él en el
terrible abismo. Hasta entonces, ni una isla, ni un continente se había visto al Este.
De repente, hacia la 1 de la madrugada, un ruido espantoso dominó el silbido del huracán.
—¡El palo de mesana se ha roto!… —exclamó Doniphan.
—No —respondió el grumete—. Es la vela, que se ha soltado de las relingas.
—Es menester arrancarla —dijo Briant—. Gordon, ponte en el timón con Doniphan; y tú, Mokó, ven a ayudarme.
El negrito, siendo grumete, tenía algunas nociones de náutica, de las que no carecía tampoco Briant, por haber atravesado ya el Atlántico y el Pacífico cuando hizo el viaje de Europa a Oceanía, habiéndose familiarizado algún tanto con las maniobras. Esto explica el por qué los demás, que no sabían nada de eso, habían confiado a Briant y a Mokó el cuidado de dirigir el yate. En tales condiciones, Briant y Mokó dieron pruebas de una notable destreza. Resueltos a conservar todo el velamen posible para tener el Sloughi en posición de recibir el viento por la popa mientras durase la borrasca, consiguieron largar la driza de la verga, que cayó a cuatro o cinco pies del puente. Ya hecho esto Briant y Mokó regresaron con Gordon y Doniphan para gobernar (Controlar el yate).
La puerta de la escotilla se abrió en aquel momento por segunda vez, y dejándose ver una cara infantil. Era Santiago, hermano de Briant, con 3 años menos de edad que él.
—¿Qué quieres, Santiago? —le preguntó Briant.
—¡Ven… ven!… —respondió el niño—. ¡Hay agua hasta en el salón!
—¡Es posible! —exclamó Briant.
Y precipitándose por la escalera, la bajó casi de un salto.
El salón estaba débilmente alumbrado por una lámpara, que el vaivén del
buque balanceaba con violencia. Esta luz permitía distinguir a una docena de
niños tendidos en los divanes o en las camitas del Sloughi. Los más pequeños
(los había de 8 y 9 años), apretados unos contra otros, estaban llenos de espanto.
Pero Briant para tranquilizarlos les dijo que todo estaba bien.
Briant recorrió un pasillo donde era el área de descanso de los tripulantes, hasta llegar a la habitación de donde llegaba el agua y viendo por un lado se fijo que el agua provenía de la proa, que entraba por las olas filtrándose de las rendijas. No había nada que temer de eso.
Sería como la 1 de la mañana. En aquel momento la noche era cada vez más oscura por el espesor de las nubes; la borrasca se desencadenaba con atronadora violencia, y el yate navegaba con sin igual velocidad, saludado por las gaviotas con gritos agudos que rasgaban los aires. La presencia de estas aves ¿era señal de que la tierra se hallaba cerca? No, porque se las encuentra a veces a varios centenares de leguas de la costa.
Una 1 más tarde lo que quedaba de la mesana acabó de desgarrarse,
esparciéndose por el espacio.
—¡Ya no tenemos velas! —exclamó Doniphan—, y es imposible colocar
ninguna otra.
—¡Qué importa! —respondió Briant —no por eso navegaremos con menos
velocidad.
-Mokó dijo - ¡Cuidado una ola!.
Llevándose a todos de la proa y sacándolos.
—¡Mokó!… ¡Mokó! —exclamó Briant, cuando pudo hablar.
—¿Se habrá caído al mar? —preguntó Doniphan.
—No, pues no se lo ve… —dijo Gordon, que registraba con la vista las
aguas.
—Es preciso salvarlo… Echemos una cuerda por si acaso —respondió Briant.
—Y con una voz que retumbó con fuerza —gritó de nuevo:
—¡Mokó!… ¡Mokó!…
—¡Aquí!… ¡Aquí!… —respondió el grumete.
—No está en el agua, de seguro —dijo Gordon—: su voz se oye hacia la proa.
- Biant dijo - ¡Sálvenlo! -.
Al ya no oír ya ningún grito el ya había pensando lo peor, pero de repente vio un cuerpo que se movía y en el cuello de grumete tenia una driza que lo ahorcaba.
Viendo esto Briant, sacó su cuchillo y cortó, no sin mucho trabajo, la cuerda que molestaba al grumete.
Mokó fue llevado hacia la popa y cuando tuvo bastante fuerza para hablar, dijo:
—¡Gracias, señor Briant, gracias!
A eso de las 4:30, alguna luz se dejó ver efectivamente; mas por
desgracia, las nieblas limitaban el alcance de la vista a menos de un cuarto de
milla. Las nubes corrían con una velocidad espantosa. El huracán no había
perdido nada de su fuerza, y el mar desaparecía bajo la espuma de las olas al
romperse. El yate, tan pronto levantado en la cima de una ola como
hundido, al parecer, en el fondo del abismo, hubiera zozobrado veinte veces si
el viento le hubiese cogido por los costados.
Los niños ya cansados de pasar 24 horas luchando con las olas estaban enfadados.
De repente se oye a Mokó decir ¡Qué alegría!
¡Tierra!... ¡Tierra!
—¿Tierra? —preguntó Briant.
—Sí —replicó Mokó—, tierra al Este.
—¿Estás cierto de ello? —preguntó Doniphan.
—¡Sí… sí… ciertísimo!… —respondió el grumete—. Si la niebla se
despeja un poco, mirad bien allá… hacia la derecha del palo de mesana…
¡Mirad… mirad!…
La bruma se empezaba a desaparecer y dándose a conocer tierra.
—¡Sí, es la tierra… la tierra!… —exclamó Briant.
—¡Y una tierra muy baja! —añadió Gordon, que acababa de observar con
más atención el litoral.
Para llegar a ella habían unas 5 o 6 millas. Avanzando algo el buque, pudo observarse que en 2do. término se elevaba un acantilado, cuya altura no excedería de 150 a 200 pies, y, en primer término se extendía una playa amarillenta, cerrada a la derecha por masas redondeadas que parecían pertenecer a algunos bosques del interior. Delante de la playa se desarrollaba a la vista una fila de rocas cuyas cimas negruzcas salían del agua más o menos, según la ondulación de las olas, sacudidas sin cesar por la resaca. Allí, de seguro, al primer choque el Sloughi se haría pedazos.
Briant tuvo entonces el pensamiento de que más valía que todos sus
compañeros estuvieran sobre el puente en el momento en que el buque
encallara, y abriendo la puerta de la escotilla, gritó:
—¡Arriba todo el mundo!
Enseguida el perrito salió y los demás niños. A eso de las 6 de la mañana llegaban a tierra.
Diciendo Briant ¡Agárrense, agárrense!
Sintiose una violenta sacudida; de repente el Sloughi dio un golpe
con la popa, y aunque su casco es resintió algo, el agua no penetró en él.
Levantado por una segunda ola, fue despedido a unos 50 pies hacia adelante sin tocar a las rocas, cuyas puntas sobresalían por todos lados. Luego se inclinó a babor y quedó inmóvil en medio del hervor de las aguas.
Si no estaba ya en alta mar, le faltaba aun un cuarto de milla para llegar a
la playa.
Capítulo II
Todos los niños estaban muy asustados porque al levantarse una ola por encima de ellos quedaban llenos de espuma. Briant y Gordon bajaron a los camarotes para revisar que el agua no se estuviera entrando, cuando les fue posible tranquilizaron a los niños, y Briant les dijo: -No se preocupen la playa no está muy lejos. Hay que esperar.
Doniphan decía -¿Y por qué esperar?-.
Si: ¿Por qué? dijo un niño de 12 años llamado Wilcox.
Porque está muy revuelto el mar -respondió Briant-.
Ellos tenían que esperar para poder llegar a la playa, que les faltaba como 1/4 de milla del schooner a la playa.
Como ya se había dicho Briant ya tenia algunos conocimientos de navegación pero Doniphan y otros 2 o 3 que no se hallaban con ánimos de seguirlo, se agruparon hacia la proa, hablando en voz baja, y se comprendía claramente que Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, no estaban dispuestos a entenderse con Briant. Doniphan, especialmente, no pensaba someterse, porque se creía superior a todos sus compañeros en instrucción e inteligencia. Esta rivalidad entre ellos ya era hace bastantes tiempos y por eso Doniphan, Wilcox, Webb y Cross al darse cuenta que la baja marea era muy peligrosa echaron por vencida su travesía y fueron con los demás.
Briant decía en aquel momento a Gordon y a algunos de los que le rodeaban:
—¡No nos separemos!… ¡Unámonos todos, o somos perdidos!…
—¡No pretenderás imponernos la ley! —exclamó Doniphan que le oyó.
—Nada pretendo —respondió Briant—, sino que es preciso que obremos con perfecto concierto para la salvación de todos.
—Briant tiene razón —añadió Gordon, muchacho frío y serio que no hablaba jamás sin reflexionar.
—¡Sí!… ¡Sí!… —exclamaron algunos de los pequeños, a quienes un secreto instinto impulsaba a confiar en Briant.
Doniphan no replicó, pero sus compañeros y él persistieron en quedarse apartados de los demás, esperando la hora de proceder al salvamento.
En tierra no se miraba humo o resto alguno de personas. -¿Qué sería de los niños si el bote al llegar a costa no se podría poner en flote?- Ellos solo pensaban el llegar a tierra a salvo.
Eran cerca de las 7. Cada cual se ocupó en subir sobre el puente los objetos de primera necesidad, dejando lo demás para cuando el mar los empujase hacia la costa. Pequeños y grandes trabajaron todos con duro; y como a bordo había bastante provisión de conservas, galleta y carnes, hicieron paquetes destinados a ser repartidos entre los mayores, quienes lo transportarían a tierra.
De repente se oyeron algunas exclamaciones hacia la proa; Baxter acababa de hallar una cosa que no carecía de importancia.
Una canoa que creían perdida se encontraba escondida entre el cordaje del bauprés. Aquella canoa no podía llevar más que 5 o 6 personas; pero como estaba intacta, sería posible utilizarla en el caso en que no fuese dable pasar a pie seco.
Este último, Wilcox, Webb y Cross, después de apoderarse de la canoa, preparábanse a lanzarla al mar, cuando Briant llegó a su lado.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó.
—¡Lo que nos convenga! —respondió Wilcox.
—¿Vais a embarcaros en esa canoa?
—Sí —replicó Doniphan—, y no serás tú quien nos lo impida.
—Te equivocas —repuso Briant—, no sólo te lo impediré, sino que me ayudarán a estorbártelo los compañeros a quienes quieres abandonar.
—¡Abandonar!… dices. ¿Cómo lo sabes? —respondió Doniphan con arrogancia—. Yo no quiero abandonar a nadie, ¿lo oyes? Mi plan es que tan luego como uno de nosotros llegue a la playa, vuelva con la canoa.
—¿Y si no puede volver? —exclamó Briant conteniéndose con trabajo—.
¿Y si se hace pedazos en las rocas?…
—¡Embarquémonos!… ¡Embarquémonos!… —respondió Webb rechazando a Briant.
—¡No, no embarcaréis! —repitió Briant muy decidido a resistir en
beneficio del común interés. La canoa debe reservarse para los más pequeños,
por si acontece que en la baja mar queda demasiada agua y no puedan llegar a
la playa.
La marea había bajado dos pies durante la disputa, y ya calmados los
ánimos, surgió entre nuestros marineros la duda de si existiría algún canal
entre las rocas, cosa que sería muy útil conocer.
Briant poniéndose en el palo de mesana para poder visualizar las rocas, Briant se dio cuenta que no era posible aún la llegada a tierra.
En eso Gordon preguntó:
—¿No eran las 6 de la mañana cuando encalló el Sloughi?
—Sí —respondió Briant.
—¿Y cuánto tiempo se necesita para que baje la marea?
—Me parece que c5 horas. ¿No es así, Mokó?
—Sí, de 5 a 6 horas —respondió el grumete.
—¿De modo que a las 11 será el momento favorable para llegar a la costa?
—Así lo he calculado —replicó Briant.
—Pues bien —prosiguió Gordon—, preparémonos y tomemos algún alimento. Si nos vemos obligados a echarnos al agua, que sea a lo menos algunas horas después de haber comido.
A todos le agradaba tan humilde muchacho, así que de inmediato hicieron el desayuno y Briant se puso a cuidar a unos niños Jenkins, Iverson, Dole y Costar,
quienes, con el carácter propio de su poca edad, empezaban a tranquilizarse, y comieron sin tasa, pues tenían mucha hambre, en atención a que no habían tomado casi ningún alimento en 24 horas; y para que no les hiciese daño la comida, Briant les dio un poco de aguardiente con agua para ayudar la digestión.
Hecho esto, dejó a los pequeños y se fue a proa, poniéndose a observar los arrecifes.
Mokó, echando una sonda, reconoció que había aun unos 8 pies de agua encima del banco. ¿Podían esperar que la marea baja lo dejara completamente seco? No lo creía así Mokó, y manifestó su parecer a Briant en voz baja, para no asustar a nadie.
Este último fue a hablar con Gordon respecto al particular: ambos comprendían sobradamente que el viento, si bien con tendencia a cambiar al Norte, impedía al mar que bajase tanto como en tiempo de calma.
Gordon y Briant se pusieron a pensar en distintas maneras para llegar a costa porque el yate se haría pedazos si la marea no bajaba.
—¿No sería posible construir una especie de balsa para ir y venir?- Dijo Gordon.
—He pensado en ello —respondió Briant—, mas, por desgracia, los materiales faltan. Nos queda la canoa, de la que no podemos servirnos, porque el mar está muy fuerte. Lo que puede hacerse es llevar un cable a través de los arrecifes y amarrarle a la punta de una roca; tal vez por ese medio fuera posible llegar cerca de la playa.
—¿Quién llevará el cable?
—Yo —respondió Briant.
—¡Y yo te ayudaré!… —dijo Gordon.
—¡No, yo solo! —replicó Briant.
—Sírvete de la canoa.
—Podría inutilizarse, Gordon; vale más conservarla como último recurso.
Como había a bordo unos cinturones de salvamento obligó a los niños a ponérselos, por si en algún momento llegaran a tener que salir del yate. Mientras los mayores tendrían que sostenerse del cable.
Eran las 10:15. Antes de 45 min. la marea alcanzaría su mayor descenso. Ya no quedaban sino 4 o 5 pies de agua; pero parecía que no bajaría más que algunas pulgadas. Es verdad que a unas sesenta yardas se veía el fondo, y se comprendía que seguía su lenta retirada, porque se iban descubriendo también muchas puntas de rocas a lo largo de la playa. La dificultad consistía en franquear la profundidad del agua que había en los contornos del buque.
Briant tenia que tensar el cable y asegurándose de que los cargamentos no se echarían a perder al llegar a tierra, puso en marcha sus disposiciones.
Había a bordo varios cables de 100 pies de largo, de esos que sirven para remolcar. Briant escogió uno de un grueso mediano, que le pareció conveniente, y rodeó la extremidad a su cintura después de desnudarse.
—¡Vamos, vosotros —exclamó Gordon—, venid aquí para que podamos soltar entre todos la maroma! ¡Venid a proa!
Doniphan, Wilcox, Cross y Webb no podían rehusar su concurso para una operación cuya importancia comprendían. Así es que se pusieron a desliar el cable para soltarle poco a poco, a fin de no amenguar las fuerzas de Briant.
En el momento en que éste iba a tirarse al mar, se le acercó Santiago, exclamando:
—¡Hermano mío!… ¡Hermano mío!…
—No tengas cuidado por mí, hermanito, no tengas miedo —respondió Briant.
Y un instante después se le veía en la superficie del agua, nadando con vigor mientras que el cable se desenrollaba detrás de él.
Sin embargo, Briant ganaba poco a poco terreno, mientras que sus compañeros soltaban la maroma a medida que la necesitaba; pero se notaba que, a pesar de no hallarse más que a una distancia de 50 pies del yate, las fuerzas del pobre muchacho principiaban a agotarse. Delante de él se agitaba una especie de remolino producido por el encuentro de dos olas contrarias. Si llegaba a bordearle, era fácil que consiguiera su objeto, pues más allá estaba el mar en calma; así es que procuró, haciendo un violento esfuerzo, dirigirse hacia la izquierda; pero su tentativa debía ser infructuosa, en atención a que un hábil nadador, con todo el vigor de su edad, no lo hubiese conseguido tampoco.
—¡Socorro!… ¡Tirad!… ¡Tirad y pronto de la cuerda!… —pudo gritar antes de desaparecer.
A bordo del yate el espanto llegó a su colmo.
—¡Tirad!… —mandó Gordon con ímpetu, aunque con gran serenidad.
En menos de 1 min., el pobre muchacho se encontraba encima del puente sin conocimiento, en brazos de su hermano y rodeado por todos; pero no tardó en volver.
Eran ya más de las 12. La marea alta había empezado, y la resaca crecía. La luna era nueva y por consiguiente las olas iban a ser más fuertes que la víspera; así es que, por poco que soplara el viento, la goleta corría el peligro de destrozarse si las aguas agitadas la levantaban y la dejaban caer sobre los arrecifes.
Nadie, seguramente, sobreviviría a tan funesto desenlace. ¡Y nada se podía hacer para impedirlo!. Todos miraban como la marea subía lentamente.
Un poco antes de las 2 el schooner, influido por la marea, no se apoyaba ya sobre la banda de babor; pero a consecuencia del vaivén, la proa chocabacon el fondo, mientras que la popa estaba aun sostenida entre dos rocas.
Pronto los golpes redoblaron, y el Sloughi caía tan pronto hacia babor como hacia estribor, teniendo los niños que sostenerse unos con otros para no ser arrojados al mar.
En menos de 1 min., y en medio de aquella masa enorme de agua, el Sloughi, llevado hasta la mitad de la playa, chocó contra un montón de arena a 200 pasos de los primeros árboles, agrupados al pie del acantilado, y se quedó inmóvil, pero en tierra firme esta vez, mientras que el mar, retirándose, dejaba la playa enteramente enjuta.
Capítulo III
En aquella época, el colegio Chairmán era uno de los de más fama de la ciudad de Auckland, capital de Nueva Zelandia, importante colonia inglesa en el Pacífico. Este colegio era uno de los mejores donde se daba la misma educación que en Inglaterra, reconocido por sus buenos alumnos muy bien educados.
Una tarde de verano de salida para sus vacaciones unos muchachos iban disfrutando su libertad ya que en el colegio se les permitía leer novelas o periódicos; donde el castigo era físico, el tiempo de estudio era corto, tenían habitaciones separadas por 5 grados el primero era de esos muchachitos que todavía se despiden con un beso en la mejilla de sus padres, el de tercer era los que se despedían de sus padres con un apretón de manos como hombres.
En el colegio estudiaban centenar de alumnos, su familia pertenecían a las más principales del país, mientras que los indígenas del archipiélago estudiaban en escuelas donde también eran educados pero de distinta manera. El colegio tenia estudiantes de Alemania, Inglaterra, Francia y América.
El archipiélago de Nueva Zelandia está compuesta por 2 islas principales; al norte se encuentra Ika-Na-Mawi (Isla Pescado), al sur se encuentra Twai-Ponamou (Tierra del Jade-Vet), las cuales están separadas por el estrecho de Cook, que se encuentra en el trigésimo cuarto y cuadragésimo quinto paralelo Sur; posición en la que se encuentra el boreal la parte de Europa que comprende desde Francia hasta el Estrecho de Gibraltar y el Norte de África.
Está el Comercial-piers, en el cual desemboca Queen´s-street, una de las calles principales de la ciudad. En medio de esa calle se encuentra el colegio Chairmán.
La tarde del 15 de Febrero de 1860 salían muchos muchachos del colegio, acompañados de sus padres, salían tan feliz caminando.
Era el principio de las vacaciones. ¡2 meses de independencia y de libertad, con la circunstancia de que para cierto número de ellos existía además la perspectiva de un viaje marítimo, del que se hablaba hacía tiempo en el colegio!.
No sería bueno decir la envidia que había en aquella circunnavegación que debía verificarse a bordo del Sloughi para visitar las costas de la Nueva
Zelandia.
El bonito schooner pertenecía al padre de uno de ellos, Ms William H. Garnett, antiguo capitán de la marina mercante, en quien se podía tener entera confianza, había sido fletado y dispuesto para un período de 6 semanas. Esta gran aventura tenía a los muchachos muy alegres y en verdad que no pudo excogitarse mejor medio de dar conveniente empleo a aquellas 6 semanas, si se mira bajo el punto de vista de la salud, del esparcimiento, de la instrucción y de la moralidad de aquellos jóvenes.
Los alumnos antiguos se encargan de proteger a los de nuevo ingreso, a cambio les tienen que dar ciertos servicios como llevarles el desayuno, a cepillarles los vestidos, limpiarles el calzado y hacerles algunos recados. Son conocidos como faggisme y los que prestan sus servicios se llaman fags. Es costumbre, y se observa religiosamente, sin que nadie piense en protestar.
Los jóvenes que debían formar parte en la expedición del Sloughi eran alumnos del colegio Chairmán. Ya hemos visto que a bordo de la goleta los había desde 8 a 14 años, y por consiguiente que pertenecían a varias divisiones del colegio.
Es preciso conocer las características de los jóvenes y también ya sabemos las relaciones que existían entre aquellos muchachos en el establecimiento que acaban dejar por las vacaciones.
Exceptuando a los 2 hermanos Briant, de nacionalidad francesa; Gordon, de nacionalidad americana; y los demás eran ingleses.
Doniphan y Croos: eran de una rica familia los cuales ocupaban el primer lugar en la sociedad de Nueva Zelandia. Ambos tienen 13 años y algunos meses son primos, forman parte de la 5ta. división.
Doniphan: era un chico muy elegante, cuidadoso de su persona, no tiene contradicción, el más distinguido, inteligente, estudioso. Por todo esas características le apodaron "lord Doniphan" y su carácter altivo le determinaba a querer dominar en donde quiera que fuese, desde está situación procede tal rivalidad con Briant y la influencia que tenia sobre sus compañeros.
Cross: era un alumno normal lleno de admiración por todo lo que hace, piensa y dice su primo Doniphan.
Webb y Wilcox: tienen 12 años y medio, pertenecen a la 4ta. división. De inteligencia menos que mediana, voluntariosos y amigos de querellas, se han mostrado siempre muy exigentes en la observancia de las prácticas del faggisme. Sus familias son ricas y ocupan un puesto elevado en la magistratura del país.
Garnett y Service: son de la 3ra. división de 12 años, uno es hijo de un capitán de marina retirado, y el otro de un colono acomodado, que habitan el North Shore, en la costa septentrional de Waitemala. Las 2 familias se profesan una profunda amistad, de esa intimidad resulta que Garnett y Service se han hecho inseparables. Tienen muy buen corazón, pero poco afán por el trabajo, no pensando más que en divertirse.
Garnett: es apasionado por el acordeón, y como buen hijo de marino, toca dicho instrumento siempre que puede, y ha tenido buen cuidado de llevarlo a bordo.
Service: es el más alegre y travieso de todos; no sueña sino con aventuras de viajes, alimentando su espíritu con el Robinsón Crusoé y el Robinsón Suizo, que sabe casi de memoria.
2 muchachos de 9 años Jeckins e Iverson: aunque no pertenecen aun más que a la segunda y tercera división, se les considera ya en el colegio como de los más aplicados.
Jeckins: es el hijo del director de la Sociedad científica la New-Zealand-Royal Society.
Iverson: heredero del pastor de la iglesia metropolitana de San Pablo.
Dole y Costar: tienen 8 años, son hijos de oficiales del ejército anglo-zelandés, que habitan la ciudad de Ouchunga, a seis millas de Auckland, en el litoral del puerto de Manukau. Son de los pequeños, de quienes no se dice nada más sino que Dole es muy terco y Costar muy goloso. Si no brillan en la primera división, creen estar muy adelantados porque saben leer y escribir, cosa de la que no debían envanecerse, por no ser raro a su edad.
Nuestros valientes marinos pertenecían todos a dignas familias, establecidas desde mucho tiempo en Nueva Zelandia.
Gordon, el americano: tiene 14 años, su cara y su porte llevan ya el sello de la rigidez de los yankées. Aunque algo torpe y pesado, es el más grave de los alumnos de la quinta división. Si no tiene el brillo de su compañero Doniphan posee, en cambio, un espíritu justo y un buen sentido práctico, del que ha dado muchas pruebas. Siendo de un carácter observador y de un
temperamento frío le gustan las cosas serias. Metódico por demás, arregla las
ideas en su cerebro como los objetos en su pupitre, en el que todo está clasificado con etiquetas y anotado en un cuaderno especial. En suma; sus compañeros le estiman, aprecian sus cualidades, y, aunque no es inglés, se le acoge siempre bien.
Es de Boston; huérfano de padre y madre, no tiene más parientes que su tutor, antiguo agente consular que, después de haber hecho fortuna, fijó su residencia en Nueva Zelandia, habitando en una de esas lindas villas esparcidas en las alturas, cerca del pueblecillo de Moun-San-John.
Briant y su hermano Santiego son franceses: son hijos de un distinguido ingeniero llegado hacía dos años y medio para dirigir los trabajos de desecación de los pantanos de Ika-Na-Mawi.
Briant: tiene 13 años es poco amante del estudio, aunque muy inteligente; le sucede muchas veces ser uno de los últimos de la división. Sin embargo, cuando quiere, con su facilidad de asimilación y su notable memoria, se eleva al primer rango, con lo que excita la envidia de Doniphan, siendo éste el motivo de que no están nunca en buena inteligencia, como lo hemos visto ya a bordo del Sloughi. Además, Briant es audaz, emprendedor, diestro en los ejercicios corporales, vivo en las contestaciones, servicial, buen muchacho, no teniendo nada del orgullo de
Doniphan, y algo descuidado de su persona; en una palabra, muy francés, y por tanto muy diferente de sus compañeros, de origen inglés. Además el siempre protegía a los más pequeños de ahí viene la confianza que sentían en él.
Santiago: había sido considerado hasta entonces como el más travieso de la tercera división, ya que no del colegio entero, sin exceptuar a Service, que lo era mucho también. Inventaba siempre nuevas diabluras, no dejando en paz a
ninguno de sus compañeros, y originándose de eso que la castigasen con muchísima frecuencia; pero, a pesar de todo esto, su carácter, como tendremos ocasión de notarlo, se había modificado en absoluto, sin sabor por qué, desde la salida del yate del puerto de Auckland.
La tripulación en el yate se componía de un contramaestre y 6 marineros, 1 cocinero y un grumete, Mokó, negrito de 12 años de edad, y cuya familia servía desde hacía mucho tiempo a un colono de Nueva Zelandia. Tenemos también un hermoso perro de caza, Phann, de raza americana, que pertenecía a Gordon y que no dejaba nunca a su amo.
El viaje había sido fijado para el 15 de Febrero, mientras tanto, el Sloughi quedó amarrado por la popa a la extremidad del Commemal-pier, y, por consiguiente, bien dentro del puerto.
La noche del 14 los jóvenes pasajeros fueron a embarcarse, la tripulación no estaba a bordo. El capitán Garnett tenía que llegar hasta el momento de ida. Sólo el grumete y el contramaestre revieron a Gorson y sus amigo a bordo, ya que los marineros estaban tomando su copita de wisky.
El grumete se quedó dormido, después de eso no se sabe que pasó.
Lo cierto es que el amarre del yate se desató, bien por descuido o por malevolencia, sin que a bordo lo notaran.
La noche estaba bastante oscura y las tinieblas envolvían el puerto y el golfo de Hauraki. El viento era muy fuerte y el schooner, fue cogido por la corriente y llevado a alta mar.
Cuando el grumete despertó, el Sloughi andaba mecido por las olas, el movimiento era obviamente de las aguas del puerto.
Gritaban el grumete, Gordon, Doniphan, Briant y otros que saltaron de la cama. De nada sirvió esto porque ni se veía el pueto mucho menos sus luces.
En el primer momento Briant dio la idea de colocar una vela en una bordada; pero para ellos era demasiado pesada y no pusieron colocarla correctamente.
El Sloughi dobló el cabo Colville, atravesó el estrecho que lo separa de la
isla de la Grande Barriere, y se halló pronto a varias millas de Nueva Zelandia.
Horas tendrían que pasar para que un buque los llegara a ver.
Mokó se apresuró a izar en la punta del palo de mesana, hasta el amanecer. Los niños no se habían despertado, ya que se habían puesto de acuerdo los mayores de no despertar a los más pequeños porque se asustarían mucho.
En un momento vieron una luz acercándose a lo lejos a eso de 3 millas. La luz era blanca, colocada a un costado de un mástil, distintivo de los steamers. Dicho steamer se dirigía en línea recta sobre el yate. Todos gritaron en vano, ya que no los escucharon, y lo único que hizo fue que llevaran el palo de la mesana. El golpe no fue muy fuerte y los steamers ni lo escucharon.
Briant, desplegando una energía superior a su edad, empezó a tomar ascendiente sobre sus compañeros; ascendiente que sufrió Doniphan como los demás.
Tan luego como en Auckland notaron en la noche del 14 al 15 de febrero la desaparición del Sloughi, se avisó al capitán Garnett y a los parientes de aquellos desgraciados niños, siendo inútil describir el efecto que tal noticia produjo en la ciudad, en donde fue general la consternación.
El comandante del puerto tomó sus medidas para socorrer el yate, haciendo que 2 vaporcitos salieran a recorrer muchas millas hacia fuera. Las familias estaban heridas del catástrofe; en el choque los restos aún se podía leer 3 o 4 letras del Sloughi. La perdida era segura y el yate se había sumergido 12 millas de Nueva Zelandia.
Capitulo IV
Casi media hora después de haber estado el yate en la arena; debajo de todos los árboles, al pie del acantilado y a las orillas del río, no se divisaba ninguna señal de vida.
—Ya estamos en tierra ¡Esto es algo! —dijo Gordon—. Pero ¿Qué tierra es ésta, que parece no estar habitada?…
Briant y Gordon empezaron a discutir sobre si era inhabitada la isla o no, pero ambos tenían que bajar del yate para poder quitarse esa duda. Briant lo que más le preocupaba las municiones, ya que solo les alcanzaría para unos cuantos días.
Ambos ya estando en la sombra de los árboles, se dieron cuenta que el bosque era completamente virgen (ningún ser humano había descubierto el bosque).
En 10 minutos ya habían atravesado el bosque, era bastante espeso y no se observaba ninguna ruta o camino.
Tristemente no pudieron encontrar ninguna gruta un poco lejos para poder resguardarse [lo cual en aquel momento para los jóvenes navegantes sería lo mejor]. Briant ya había visto unas rocas las cuales les podría servir.
Durante media hora, bajaron hacia el Sur siguiendo las rocas, donde se toparon con el río; que de un lado era hermoso con los árboles frondosos, en cambio el otro era un pantano seco escondido entre las rocas. Briant y Gordon no pudieron subir más para buscar un país o un lugar en donde podrían quedarse (para mientras).
Doniphan y algunos otros iban y venían sobre las rocas de la playa, mientras Jenkins, Iverson, Dole y Costar se entretenían en buscar conchas.
Convinieron no abandonar la embarcación hasta que investigaciones más detenidas y extensas les proporcionaran conveniente albergue; pues la goleta, si bien tenía algún desperfecto en la cala y se hallaba inclinada hacia babor, podía servir de vivienda interina en el sitio mismo en que había encallado, y si el puente se había abierto hacia proa encima del puesto de la tripulación, el salón y los camarotes ofrecían suficiente abrigo en caso de tormenta. La cocina no había experimentado la más mínima alteración, con gran alegría de los pequeñuelos, a quienes la cuestión de las comidas interesaba en alto grado.
Quedarse provisionalmente a bordo, y convencidos de ello, tomaron sus disposiciones al efecto, siendo la primera la de colocar a estribor una escala de cuerdas que les facilitase la bajada a la playa.
Mokó, quien entendía un poco de la cocina, ayudaba a Service, a quien le gustaba guisar, se ocupó de preparar la comida de todos; sirvió para amortiguar en todos el gran apetito que tenían, y Jenkins, Iverson, Dole y Costar se jugaron con alegría los juegos de su edad.
Santiago -Hermano de Briant- estaba triste y eso era muy raro de él, ya que ere el diablillo del colegio. Semejante cambio los dejó boquiabiertos a todos por la gran seriedad y madurez que agarró estando a bordo del Sloughi; pero el cada vez más callado, no respondía las preguntas de sus compañeros.
En fin, cansados de tantos días y tantas noches pasadas en medio de los mil peligros de la tormenta.
Briant, Gordon y Doniphan velaron algunas horas cada uno, por temor a las fieras; pero la noche pasó sin ninguna alarma, y cuando salió el sol, después de una oración a Dios en acción de gracias, se ocuparon de las faenas que exigían las circunstancias, ya más que en dormir.
El alimento no duraría por lo menos 2 meses (si bien va), y lo que tenían era solo: la galleta, que tenían en cantidad considerable, había varias conservas de legumbres, jamones, empanadas de carne, compuestas de harina de primera calidad, picadillo de cerdo y especias, cornbeef, salazones y otros víveres y sustancias alimenticias.
Entre todos se pusieron de acuerdo en como se iba a recolectar el alimento para todos; los más pequeños iban a pescar, Gordon iba a realizar el inventario del Sloughi, Briant ayudaba a que todo estuviera en orden y que todos se encontraran bien.
Mokó [el grumete], a quien se le tenia confianza, era un joven servicial, diestro y valeroso, quien estaba llamado a prestar grandes servicios a todos los náufragos. Asimismo muy apegado a Briant, quien no ocultaba la simpatía que le tenia; esa misma hubiera avergonzado a sus compañeros anglosajones.
—Vamos —dijo Jenkins.
—¿No vas con ellos, Santiago? —preguntó Briant a su hermanito.
Santiago respondió negativamente.
Jenkins, Dole, Costar e Iverson, bajo la tutela de Mokó, partieron hacia los arrecifes, que el mar acababa de abandonar, esperando encontrar en la hendidura de las piedras una buena cosecha de mariscos, especialmente ostras y cangrejos, que, crudos o cocidos, serían un componente agradable y nutritivo del almuerzo.
Desde el momento en que los pequeños se alejaron, los mayores emprendieron la tarea del inventario. Por una parte, Doniphan, Cross, Wilcox y Webb hicieron el censo de las armas, de las municiones, de las ropas, de los objetos de cama y demás utensilios de a bordo; por otra parte, Briant, Garnett, Baxter y Service inventariaron los vinos, cerveza, brandy, wisky y demás bebidas encerradas en el fondo de la cala, en barriles de 10 a 40 galeones cada 1.
Gordon tomaba nota de todo ello en una libreta de bolsillo. Él ya poseía un estado completo del material a bordo. Si bien, el yate se encontrara para poder navegar, hubieran buscado un puerto mejor y los materiales los cuales servían para el buque, los pudieran utilizar para la pesca.
En cuanto a las armas, la nota que Gordon escribió en su libreta: 8 escopetas de percusión central, utilizables para caza, y una 12 de revólver; las municiones se componían de 300 cartuchos para las armas que se cargaban por la culata, 2 toneles de pólvora, de 25 lbs. cada 1, y bastante cantidad de plomo en perdigones y en balas. Estas municiones, embarcadas con el fin de proporcionar el recreo de la caza a los expedicionarios durante las paradas del Sloughi en las costas de Nueva Zelandia.
Los objetos de tocador eran más que suficientes para la necesidad de todos, o si bien se podrían sustentar con algo de la isla. Las ropas de franela, o de paño, de algodón o de hilo, figurasen en gran cantidad para mudarse, según las exigencias del clima, pues si aquella tierra se encontraba en la misma latitud que Nueva Zelandia, cosa probable, puesto que desde su partida de Auckland el schooner había ido siempre empujado por los vientos de Oeste, había que esperar temperaturas extremas; fuertes calores y grandes fríos, respectivamente, según las estaciones. Además, se encontraron en las maletas de la tripulación pantalones, blusas, capotes de hule y almillas de lana, que sería fácil arreglar para los pequeños, abrigándolos bien, a fin de que soportasen con menos riesgo los rigores de la estación invernal.
Gordon anotó también en su cartera, en el capítulo de instrumentos de a bordo: 2 barómetros androides, 1 termómetro centígrado de espíritu de vino, 2 relojes marinos, varias trompas o bocinas de cobre de las que sirven en las noches de nieblas, y que se oyen a gran distancia, 3 catalejos, una brújula con su cubierta y otras 2 más pequeñas un storn-glace, indicando la proximidad de las tormentas, y, en fin, varias banderas del Reino Unido, sin contar otras más pequeñas para signos de inteligencia entre 2 buques. Había también 1 halkettsbouts, pequeña canoa de cautchuc que se dobla como una maleta y sirve para atravesar un río o un lago.
El cofre del carpintero encerraba un surtido bastante completo de herramientas, herrajes y clavos para las ligeras reparaciones que hubiese necesitado el yate.
Los botones, hilos y agujas no faltaban tampoco, en previsión de la rotura de los vestidos, pues las pobres madres de los desgraciados niños habían pensado en todo lo que pudiera ocurrir a aquellos pedazos de sus entrañas.
Tenían también gran provisión de fósforos, mechas de yesca, eslabones, y no debían temer, por consiguiente, la falta de fuego.
A bordo se hallaban varios mapas especiales del archipiélago neo-zelandés, inútil para estos parajes desconocidos; pero afortunadamente Gordon había llevado consigo un atlas general de Stieler, comprensivo del Antiguo y del Nuevo Mundo, siendo este atlas lo mejor y lo más perfecto de la geografía moderna.
La biblioteca del yate contenía cierto número de buenas obras inglesas y francesas, historias de viajes y libros científicos, sin contar los famosos Robinsones que Service, aun con gran riesgo suyo hubiera salvado de todo peligro, como Camoens salvó sus Lusiadas; lo mismo que hubiese hecho
Garnett con su famoso acordeón, sacado sano y salvo de los choques del buque.
Y, no les faltaba nada para escribir; plumas, lápices, tinta, papel, y también 1 calendario del año 1860, en el que Baxter fue encargado de borrar los días a medida que pasaban.
Ese día era 10 de marza -dijo Baxter- lo cual significaba que ya hacía 34 días que estaban naufragando en los mares.
Hallaron también una suma de 500 lbs. en oro en la caja del yate. ¡Quién sabe si ese dinero serviría para que los náufragos, encontrando algún puerto, pudieran volver a su patria!.
Gordon se ocupó en contar minuciosamente los barriles que estaban en la bodega. En suma; la cala encerraba 100 galeones de clarete y de sherry, 50 de gin, de brandy y de wisky, y 50 toneles de cerveza, de 25 galeones cada q; además, unos 30 frascos de diversos licores que encerrados en sus envoltorios de paja, habían podido resistir el choque contra los arrecifes.
Como se ve, los 15 náufragos del Sloughi tenían asegurada la vida material durante cierto tiempo; pero lo incierto del porvenir les obligaba a examinar aquella para saber si podía proporcionar algunos recursos que les permitiera reservar las provisiones que tenían; porque si aquel país estaba desierto, no era probable salir de él como no fuera con el auxilio de algún navío que viniese por aquellos parajes y que ellos pudiesen hacerle señales que indicasen su presencia. Reparar el buque, no había que pensar en ello; esto exigía un trabajo superior a sus fuerzas, careciendo además de las herramientas necesarias al efecto.
A las 12, los pequeños, guiados por Mokó, volvieron a bordo. Traían una buena provisión de moluscos, que el grumete se puso a preparar. En cuanto a huevos, debía haberlos en gran cantidad, pues Mokó había visto muchas palomas que anidaban en los huecos del acantilado.
—Está bien —dijo Briant—, uno de estos días organizaremos una cacería, que puede dar buena cosecha de aves.
—Seguramente que sí —respondió Mokó—, 3 o 4 tiros nos darán pichones por docenas. En cuanto a los nidos, atándose cualquiera con una cuerda, no sería difícil apoderarse de ellos.
—Convenido —dijo Gordon—; mientras tanto, si Doniphan quiere cazar mañana…
—Me conviene —replicó éste—, Webb, Cross y Wilcox vendrán conmigo.
—Con mucho gusto —respondieron los tres muchachos, encantados de poder tirar a aquellos millares de volátiles.
—Sin embargo —observó Briant—, recomiendo que no maten demasiados pichones; cuando nos hagan falta ya sabremos buscarlos. Importa mucho no desperdiciar el plomo y la pólvora…
—¡Bueno… bueno!… —respondió Doniphan, poco amigo de observaciones, y sobre todo si éstas venían de parte de Briant—. No es la 1° vez que cazo, y no necesito consejos.
1 hora más tarde, Mokó avisó que el almuerzo estaba preparado, y todos se apresuraron a subir a bordo del schooner para sentarse en el comedor, en el que, a consecuencia de la inclinación del yate, la masa estaba algo pendiente hacia babor; pero esto no era un gran inconveniente para niños acostumbrados al vaivén del buque. Los mariscos, y en particular las almejas, fueron declarados excelentes, aunque su preparación dejaba mucho que desear.
La tarde se empleó en diversos trabajos de mudanza de la cala y en escoger los objetos inventariados. Durante este tiempo, Jenkins y sus compañeritos se ocuparon en pescar en el río, en donde hormigueaban una infinidad de peces de diversas clases. Luego, después de cenar, todos se fueron a descansar, menos Baxter y Wilcox, que estaban de guardia hasta el amanecer.
Y pasó la 1° noche, en aquella isla desconocida, al parecer inhabitada en el Océano Pacífico.
A final de cuentas: estos muchachos no carecían de ningún recurso para ser un náufrago perdido en los parajes desiertos. Otros hombres como de ingenio o industrioso hubiera salido adelante; pero ellos, siendo el mayor de 14 hermosas primaveras, y la pregunta sería: si estuviesen condenados a vivir bastantes años en esas condiciones, ¿Llegarían a solventar las necesidades se s existencia?.
Esto se presentaba , muy dudoso de los jóvenes náufragos.
Capítulo V
Reseña
Lo que a mi me ha dejado de enseñanza éste libro es que, a pesar de todo, en las peores situaciones que nos encontremos siempre hay que estar preparados para lo que pueda venir y nunca perder la esperanza, ya que sin ella no podríamos realizar las cosas en las peores situaciones. Un ejemplo bastante claro es en la situación en la que se encuentra hoy en día el mundo, muchas personas ya han perdido la esperanza y la fe; a mi parecer eso no nos debería faltar, ni siquiera en las peores circunstancias, porque como bien dice aquel dicho "Las cosas pasan por algo" y es cierto; lo que está pasando en el mundo a unos les está afectando bastante pero a otros les a ayudado a poder resolver distintos conflictos, pensar con claridad, relajarse, pasar tiempo con sus seres queridos...
El tiempo pasa y con él la vida, las personas y la verdad es que todo.
Pero si nos pusiéramos a pensar en todo lo que podemos aprender y hacer, tenemos tiempo para eso y también para ponerse a pensar: ¿Será que nosotros haríamos eso en caso de que eso pasara? Dios no lo quiera, ¿Sabríamos que hacer?, ¿Estaríamos solo? y como esas, muchas más.
Pero en fin, te dejo en que pensar ¿Si te encontraras en circunstancias así, actuarías igual?
Reseña del capítulo I - IV


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